martes, 1 de mayo de 2012

Malditos Trasgos.

Voy a subir todo lo que escriba al blog. Tengo miedo de que algún día se me estropeé, y pierda todo lo que tengo guardado. Estoy escribiendo un nuevo libro: Malditos Trasgos. Algo parecido a las Crónicas de Spiderwich, pero no es una copia, me gusta más ser original. Me fijé en estos animalillos mitológicos, llamados Trasgos, porque siempre me han gustado los libros de fantasía, y me parecía interesante escribir sobre ellos. Ahí tenéis el primer capítulo.
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                                                     Malditos Trasgos


Capítulo 1 – El pequeño Ronnie

Lo vi entrar desde aquel callejón. Era Ronnie Dlomenwich. Estaba tan pálido y rígido como hace diez años, diez malditos años junto a él. Sus penetrantes ojos azules y su pelo castaño me hipnotizaban, pero eso ya no funcionaba conmigo. Se creía que podía volver a jugar conmigo como hace diez años, pero no, no lo haría. Yo ya había madurado, veinte años dan para mucho, pero el aún con la misma edad que yo, no había madurado nada.

Cuando salió de ese callejón, me miró, y mi pesadilla había vuelto a mí. Ese maldito idiota seguía recordándome. Me desesperé, en lo que él me saludo con una sonrisa. Le devolví el saludo con una sonrisa falsa, falsa como su mente.

-Dichosos los ojos, Sammantha Spiderhein- me dijo con un aire “chulo”.

-Yo no me alegro tanto de verte.

-Tengo valiosa información para ti, “cariñito”.

-Si es tan importante dímelo, pero no me llames así.

Me contó que sabía mi secreto. Y que pronto se enteraría todo el mundo si no detenía al chimpancé estúpido que lo estaba diciendo. También insinuó que él era el único que lo sabía, por el momento. En lo que me dijo que él era el único que podía ayudarme, ya que el compartía el mismo secreto, tenía el mismo don que yo. Era lo que menos me podía imaginar, y lo más terrorífico que podía suceder.

Le dije que si no me ayudaba, que contaría su secreto, un poco de chantaje nunca viene mal.

-Shh, “cariñito”. De mi secreto nada. Te ayudaré, pero si tu me ayudas a mí. Liney tiene nuestro Ordo controlado. Cogerá a todos los que tengan dones, y los convertirá en comida para trasgos, si no se hace esclavo de ella.

-¿Liney? ¡¿Liney?! Pensaba que estaba muerta desde lo del Ordo 66.  Fue muy fuerte su ataque, hasta para ella.

-Si, pero el viejo y venerable Eineo nos ayudará.

¡¿Qué estaba pensando ese idiota?! Eineo es un viejo loco que solo sirve para dormir y echar babas… Me dijo que confiara. Este viejo loco era un experto en el noveno don, justo el que teníamos Ronnie y yo.

Una larga caminata por los muros de vigilancia, saltándonos la mitad de las cámaras; después por los bosques de Spinoper, llenos de panteras y osos. A continuación llegamos a un oscuro y precioso camino, lleno de setas enormes brillantes, y árboles míticos. Nos paramos allí a hacer un descanso, y Ronnie usó su mayor y más odiada habilidad:

-Mm… ¿Te parece bonito este lugar?

-No si lo que se intenta es tranquilizar a una fiera.- le dije muy harta de él.

-Tranquila, tranquila. No lo decía de esa forma…

Cuando me quedé callada, me intentó besar. Le empujé hacia una pared y le apreté el cuello con mi codo. Al parecer no era tan fuerte como se hacía creer. Le dije:

-¡¿Qué se supone que te crees que soy?! ¿ Crees que soy como las otras?

- Solo intentaba hacerte la vida un poco más feliz – Dijo asfixiándose.

 Lo solté, y le hice entender, que ser besada por un inútil es hacer de una vida la mayor pesadilla de la persona a la que besaba. Echo una mirada al aire y dijo que siguiéramos caminando, que quería llegar a la casa del chiflado antes de que oscureciese. En eso, era lo único que yo estaba de acuerdo.

Caminando por ese supuesto bosque de setas, escuchamos ruidos detrás de unos arbustos. El camino era cada vez más y más tenebroso de lo que parecía. Nos acercamos a uno de esos arbustos y de repente… ¡BUM! ¡Era uno de esos malditos trasgos, enviados por Liney Holewen. Normalmente los enviaba para devorar a pasajeros del bosque de Spinoper, y nosotros éramos unos de esos pasajeros…

Me apreté la trenza y saqué una daga, que era la única arma que tenía encima. Ronnie, al igual que yo, solo tenía un cuchillo. Pero nos apañamos para matar a esos estúpidos trasgos rechonchos, verdes y con ojos grises.

-Buen combate  Sammiems.- Dijo bromista y estúpido.

- No me llames así, me llamo Sammy ¡¿vale?!.

-De acuerdo Sammiems.

-Que estúpido eres…

Siguió todo el camino llamándome Sammiems, Sammiscopeta, Samenthena… Hasta que me arté  y le tiré al suelo, como si fuera un bebé con un trauma…

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